Cuando el despertador suena antes de las 7.30, Daniela González Fanjul ya sabe que el día será largo. No hay estadios llenos ni contratos profesionales esperándola. Lo que sí aparece es una agenda ajustada, horarios que cambian semana a semana y una realidad compartida por miles de deportistas amateurs del país: con el deporte no alcanza para subsistir.
Daniela es profesora de Educación Física, tiene un gimnasio propio y forma parte de la selección argentina de sóftbol. Además, fue campeona sudamericana en 2022 y 2024. Logros que, vistos desde afuera, pueden sugerir una vida dedicada exclusivamente al alto rendimiento. Sin embargo, su realidad cotidiana es otra, atravesada por el trabajo diario y la necesidad de sostener económicamente su carrera deportiva. “Soy profe de educación física y tengo un gimnasio propio de entrenamiento personalizado. Me dedico a eso hace varios años”, señaló González Fanjul. Esa convivencia entre trabajo y Selección no es sencilla. Los compromisos deportivos no responden a rutinas fijas y obligan a reorganizarse de manera constante. “Los horarios varían semana a semana. Hay veces que nos tenemos que conectar por Zoom o ir a concentraciones, entonces no tengo horarios fijos”, explicó.
Por ese motivo, hace tiempo elige el camino del trabajo independiente. “Es la única manera que tengo de manejar mis propios horarios y poder decir ‘este día me lo tomo porque tengo que viajar’”, indicó la jugadora, cuya rutina comienza bien temprano. A las 7.30 ya está dando clases en el gimnasio, un espacio que se convierte en su principal fuente de ingresos. El turno mañana se extiende hasta las 11.30. Cuando termina con los alumnos, no se va a descansar. “Cuando corto con los chicos arranco a entrenarme yo hasta el mediodía”, relató. Luego almuerza y, si el cuerpo se lo permite, se toma un breve descanso antes de volver a abrir el turno tarde.
La jornada continua hasta las 19 o 20, y en muchos casos se estira aún más. “Hay días que termino a las 20 o 21 y recién ahí hago la parte física”, contó. En épocas de pretemporada, ese momento se destina a salir a correr o realizar trabajos de velocidad. A eso se le suma el sóftbol: entrenamientos con el equipo dos veces por semana y otras dos jornadas en soledad, enfocadas exclusivamente en su rol. “Soy pitcher, la lanzadora, y es una posición que necesita mucho entrenamiento extra”, explicó.
Sus inicios en el sóftbol
El sóftbol apareció en su vida en 2013, cuando tenía 19 años. Mientras estudiaba el profesorado, conoció el deporte en una materia de la carrera. “Hacía atletismo y uno de los profes me invitó a sumarme al equipo. No sabía que se jugaba al softbol en Tucumán”, recordó. Y un solo entrenamiento le alcanzó para tomar la decisión. “Desde ese día nunca más volví al atletismo, me apasionó”, confesó.
Partiendo de esa idea, mientras cursa, se entrena y rinde materias, el sacrificio se volvió parte del camino. “Siempre sacrifiqué muchas cosas de mi vida social para poder llegar con el entrenamiento y el trabajo”, admitió. De esa manera, el año en que se recibió, a las pocas semanas, llegó su primera convocatoria a la albiceleste, un punto de inflexión que la obligó a reorganizar toda su vida cotidiana.
No obstante, en 2020 decidió cumplir otro objetivo personal: abrir su propio gimnasio. “Siempre había sido un sueño”, señaló. La pandemia frenó el proyecto, pero cuando la actividad volvió a habilitarse logró ponerlo en marcha. Dos años más tarde, el softbol volvió a marcar el rumbo. Las constantes concentraciones y viajes con la Selección la llevaron a tomar una decisión fuerte: irse a vivir a Paraná.
“Viajaba todos los meses y se me hacía muy difícil sostener el gimnasio no estando yo”, explicó. En esa ciudad armó un box de entrenamiento más pequeño en la casa que alquilaba y volvió a empezar desde cero. “Siempre hay miedo a que las cosas no salgan como uno quiere”, reconoció, quien también destacó el acompañamiento. “Mis amigas del equipo y la gente del softbol de Paraná me ayudaron un montón”, agradeció.
El desafío de reinventarse
Después de mucho tiempo, en diciembre del año pasado, volvió a Tucumán y otra vez arrancó de nuevo. Hoy el gimnasio funciona en la casa de sus padres, con la idea de volver a un local más grande cuando sea posible. “Siempre arrancando de nuevo”, resumió con una sonrisa.
A los 32 años, y con 11 dedicados al softbol, Daniela se sinceró y reconoció el desgaste que implica repartir su tiempo entre la enseñanza y el deporte. “Fueron años muy intensos”, señaló, antes de explicar por qué sigue. “Porque realmente me apasiona”. En ese recorrido aprende algo clave: cuidarse. “La salud física y mental es súper importante para poder sostener este ritmo”, remarcó la pitcher, que también recibe el apoyo de sus alumnos.
“Desde el primer día les aviso que tienen una profe que viaja mucho. Siempre se adaptan y me apoyan”, indicó detallando que muchos de ellos ya se convirtieron en seguidores atentos de cada torneo y cada convocatoria.
Nuevos desafíos
Este 2026 aparece como un desafío enorme. Los Juegos Odesur se disputarán en Santa Fe y el softbol vuelve a escena. “El objetivo es hacer podio. Venimos de ganar los últimos sudamericanos y el techo está alto”, aseguró, quien continúa empujando por la difusión del deporte. “Es poca la gente que sabe que se juega sóftbol en Tucumán y necesitamos apoyo para que crezca”, señaló la deportista, que dejó un mensaje para quienes trabajan y se entrenan al mismo tiempo. “Todo se puede, pero con organización, sacrificio y sin olvidarse de uno mismo”, concluyó “Dani”, que lo vive todos los días. Porque en el deporte amateur, los sueños no sólo se entrenan: también se trabajan.